lunes, 13 de septiembre de 2010

Inseparable de nuestra historia personal.

En el horizonte de mis primeros años, ahondando, perforando, taladrando y hundiendo en el pasado indígena en el patio de mi casa, sombreado por gigantescos y centenarios arboles de bucare, jabillos y guamos; emergían a nuestra mirada botijas, tinajas contentivas de restos humanos ennegrecidos por lo siglos.
Vivíamos sobre un lugar sagrado de pueblos extintos, desplazados, sacados de sus tierras. Con sus huesos algunos objetos de cerámica, de barro cosido y con formas cilíndricas.

Niños arqueólogos, como esos barbudos y con sombreros que después íbamos a saber consagraban toda su vida en excavaciones en tierras remotas, como en el desierto de Egipto, el África, Asia, Centro o Sudamérica.

Con la carga de magia y sueños de encontrar tesoros enterrados, a cada centímetro cuadrado, entrabamos en trances, con espíritus en pena, que nos saldrían al encuentro para entregarnos o para defender sus riquezas acumuladas durante toda la vida de arduos trabajos o de las fechorías, asaltos y saqueos en tiempos de guerras y revolución que habían cruzado o cabalgado esos llanos en llamas en verano o inundados en el invierno.

Por el paso de El Amparo, cruzó varias veces el Rio Arauca en su caballo blanco Simón Bolívar, Páez y centenares de centauros, guerreros y guerrilleros. Mi padre fue uno de los últimos hombres a caballo que participaron en las batallas en dos primeras décadas del siglo XX, con Arévalo Cedeño y Maisanta.

Veíamos de niño pasar centenares de caballos, de ganado vacuno lanzados al rio y vaqueros del rio de orilla a orilla.

El horizonte se nos abría en las noches con la luz de la luna, las estrellas o las luces de los meteoritos que caían como lluvia de estrellas.

El futuro era un túnel que se abría en cada conversación con otros niños, cuando nos proyectábamos en los caballos de la fantasía a conquistar mundos distantes y alcanzar carreras profesionales, que tenían su cúspide en la de los maestros de escuela y uno que no cabía ni en nuestros sueños, como la de doctor, médico u oficial de la Guardia Nacional o el Ejercito. Menos por lo desconocido los de la Marina o la Aviación, aunque de esas fuerzas se hablaba en algunas canciones de la época.

La expansión se realizaba como fenómenos naturales; el viento que soplaba de golpe o se aquietaba hasta parecer que se había congelado, ni una hoja de árbol se movía y las nubes se quedaban igualmente quieticas, como cuando a uno le tomaban una fotografía blanco y negro al frente de la casa.

Como el agua del río o los caños o como la que caía del cielo en lluvias acompañadas de fortísimos truenos y tenebrosas centellas que iluminaban el cielo, sobre todo durante los chubascos en las noches.

La expansión se daba en sincronía con los eventos internos y externos, con las largas y variadas conversaciones de los adultos, que llenaban las noches bajo la luz de una lámpara de kerosene, de gasolina o con la lumbrera celestial de las lunas llenas.

Expansión que se producía como explosiones de sentimientos, ante tantos motivos para asustarse en los días y en las noches.
En el día con los peligros de serpientes, de caimanes, de caribes, de tembladores y hasta tigres que husmeaban en los alrededores. De noche con los espantos que recreaban las historias de aparecidos, del diablo, el silbón, la sayona y las brujas que nunca faltaban.

La expansión que ha penetrado toda nuestra existencia, por lo que no hemos podido quedar quietos, estáticos o tranquilos ni siguiera cuando estamos dormidos, por cuanto nos asaltan sueños, que algunas veces se convierten en pesadillas.
Una expansión de dimensiones que ahora podemos decir virtuales, por la cantidad e intensidad de las transformaciones, metamorfosis, cambios y caos que producen en nuestra sensibilidad.

Que si el espacio es circular, curvo o lineal; que si el espacio se expande y no se sabe si tiene algún límite en esa expansión. Que si el tiempo igualmente es una dimensión curva, lineal o se enrosca como serpiente o se mueve como caracol, en su expansión. Onda o vibración. Ahora para la expansión tienen cabida todas las teorías por más opuestas, contradictorias o paradójicas que sean.

La expansión desemboca en la noción y realidad de la biodiversidad, que cual pedrada alcanza a derrumbar o reorientar, redefinir todos los conceptos y principios, produciendo un cataclismo en lo ético y lo moral.

La expansión con la cual estamos comprometidos desde niños y la hemos cultivado de muchas maneras, es la expansión de la sexualidad, dentro de la ciencia, la ética y la fe cristiana, que se expande con otras religiones monoteístas, la judía, la musulmana, el taoísmo, hinduismo, confusionismo o sincretismos, como el gnosticismo antiguo o contemporáneo.

Da entrada y sin exclusión, a otras religiones emergentes o ancestrales milenarias.

Expansión que se constituye en médula, sabia, fundamento, energía, impulso, motivación para todos los futuros desenvolvimientos y desempeños, en todas las áreas de la existencia.

Una revolución o transformación cuántica que ha sucedido hoy, en compañía de los maestros de música clásica: Tchaikovski, Mozart, Vivaldi, Chopin, Beethoven, Strauss, Bach, Haendel.